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24 de Octubre de 2026
CULTURA
24/10/2026
Fuente: Netfan Servicios
La filósofa chilena participó en la Feria Internacional del Libro de Monterrey para hablar sobre su reciente publicación: "¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia?". En una charla con Infobae, analizó el recorrido de su obra. El punto es, dice, cómo administramos la violencia como comunidad
(Desde Monterrey) "La violencia circula; siempre ha circulado en la historia de la humanidad", señaló la filósofa chilena Valeria Campos Salvatierra, que viajó a la Feria Internacional del Libro de Monterrey para presentar su último libro "¿De qué hablamos cuando hablamos de violencia?", un ensayo que intenta reconstruir desde la mirada histórica de diferentes autores de la filosofía cómo entendemos este fenómeno cada vez más actual en nuestros días.
Esta nueva obra aborda, a partir de la mirada de nombres como Nietzsche, Walter Benjamin y Foucault, lo que se entiende por violencia y los efectos que tiene, incluso, en nuestros días. Campos Salvatierra es docente e investigadora del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile, con lo que lleva una carrera de 20 años intentando interpretar qué decimos cuando hablamos de esto.
"Creo que sobre todo hoy día es muy importante no dejar de filosofar. Así que estoy agradecida, contenta, honrada", señaló antes de la charla íntima con Infobae en la que relató cómo preparó este ensayo. "
La presentación oficial de su obra se llevó a cabo el pasado 18 de octubre, en coincidencia con los siete años del estallido social que ocurrió en Santiago de Chile, en el que los enfrentamientos entre estudiantes y carabineros marcaron a una generación completa. En ese sentido, remarcó el paralelismo de lo que intenta abordar en su obra con lo que ocurrió en la capital chilena por una suba en el boleto del metro: "Fue como una explosión violenta frente a un estado de cosas institucional que se percibía como muy opresivo".
—En tu libro hablas de la posición de varios autores clásicos de la filosofía como Platón, Nietzsche o Foucault, ¿qué ejes o diferencias encontraste para hablar de la violencia?
—Llevo investigando sobre el problema de la violencia desde un punto de vista filosófico hace por lo menos veinte años. Este libro me salió así como de adentro, lo tenía muy incorporado. Y cuando digo "desde un punto de vista filosófico", lo que quiero decir es que este libro no tiene un enfoque sociológico o político sino que su enfoque crítico está apoyado fuertemente en la tradición filosófica. Es decir, en cómo diversos autores y autoras de la tradición de la filosofía se han aproximado a este tema y han dado propuestas para identificar la violencia, para entender su sentido, para criticarla, para superarla eventualmente. No es un análisis social, ni de violencias concreta.
—¿Eso que nos lleva a ese ser humano primitivo que ante lo desconocido reaccionaba?
—No, yo diría que tiene que ver con algo que es propio de la experiencia de todos los seres humanos modernos y antiguos. No tiene que ver con una ancestralidad, sino con el hecho de que nuestra primera reacción frente a lo desconocido, que ya podría ser una primera forma de violencia, es el conocimiento. Porque el conocimiento, ¿qué intenta hacer? Controlar lo que te parece misterioso, desconocido, lo que arriba sin que tú lo calcules. Intenta controlarlo a partir del sentido. Hay un nivel donde el sentido mismo que le damos a las cosas, sobre todo bajo la forma del conocimiento, es ya una primera forma de violencia, uno podría decir, ¿no? Porque lo delimitas, lo constriñes, le entregas una forma. Le das una definición que lo encierra, lo clasifica. Y a partir de esa primera reacción, creo yo, es posible pensar que las formas de violencia más visibles, concretas, físicas, políticas, se derivan.
—¿Y podemos decir que el ser humano es violento por naturaleza?
—Esa pregunta siempre me la hacen. Y es una pregunta que no es respondible desde la filosofía, porque uno no sabe qué es la naturaleza humana. O sea, ¿quién estudia eso? No sé, a lo mejor desde la genética tú puedes encontrar un gen de la violencia, o desde la teoría de la evolución. Pero desde la filosofía tú tienes que enfocarte en estructuras de la experiencia. Cómo es nuestra experiencia del mundo, de las otras personas. A partir de esas experiencias, tú eres capaz de desencadenar acciones violentas. Esa es la pregunta. Entonces, tiene que ver con una estructura experiencial de cómo se te presentan las cosas y específicamente cómo se te presentan las otras personas en el campo general de tu experiencia.
Y bueno, desde ahí, intento hacer una síntesis esquemática de cómo la filosofía del poder siempre ha intentado mostrar que la violencia está en la base de toda configuración política, aunque se presente como democrática, aunque cristalice en un Estado de derecho, donde de lo que se trataría sería de erradicar la violencia. La violencia siempre está como un parásito que no se ve, que está escondido estructurando estos sistemas políticos.
—Podemos decir entonces que las democracias tienen en su base la violencia.
—Yo diría que sí. Lo tejo a partir de varias propuestas, entre ellas las de Walter Benjamin, Michel Foucault, Giorgio Agamben, Carl Schmitt, René Girard. Es decir, grandes teóricos que intentan mostrar que nuestra percepción más común de la política, y sobre todo de la política moderna, de la democracia, pareciera que excluye la violencia. Que la violencia es como un accidente negativo, pero que el mismo sistema no debiese contener. Y en realidad, lo que estos autores tratan de mostrar y yo trato de constelar es que la violencia es fundacional respecto incluso de la democracia. Entonces, que en las democracias es peor porque está más escondida. En los regímenes monárquicos era evidente, pero ahora pareciera que no, que está excluida, que es un accidente, cuando en realidad es constitutiva también de los regímenes políticos.
—En esa línea, hay varias propuestas en América Latina que vienen creciendo a partir de discursos violentos. ¿Crees que se trata de una respuesta a los estados que fallaron?
—En la propuesta que yo trato de seguir, todas las formas de violencia políticas, epistemológicas, concretas, individuales, cotidianas se siguen de una necesidad de controlar lo incontrolable. Porque lo incontrolable nos da miedo. Obvio, es normal, nos produce una inquietud muy grande. Y por supuesto, esto que es incontrolable está en relación con lo que nos parece diferente, con lo que se nos presenta como externo a nosotros. Entonces, estamos en un momento donde la intolerancia respecto de la diferencia ya ha llegado a sus niveles más extremos. Porque justo hemos tenido antes un momento donde ha intentado haber una reivindicación de la diferencia muy fuerte, ¿no? Que viene desde mediados del siglo veinte, donde hay una nueva declaración de los derechos del hombre, un reforzamiento de los derechos humanos. Y creo que también esta reivindicación de la diferencia ha generado todavía más alergia porque es muy difícil lidiar con lo diferente. Con lo que es extraño, con lo que no se deja someter a mi pronóstico, a mi control. Me parece que son reacciones extremas que, además, provienen como respuestas reaccionarias a intentos muy loables de pensar la diferencia y de darle una cabida mayor en nuestros regímenes políticos. Me parece que estamos viviendo un momento álgido de esta economía de la violencia, es decir, de esta suerte de circulación de la violencia que siempre está presente. Porque claro, según esta idea, si la violencia proviene de una experiencia que es originaria, no es erradicable completamente. La cuestión es cómo la economizamos. Cómo la administramos como comunidad.
—Pero es una violencia que se expresa a través de un discurso, no es física.
—Es que esta es la cuestión. Por eso yo parto asociando la violencia con el conocimiento. Porque las primeras expresiones o las expresiones menos visibles pero más estructurales de la violencia son a nivel del sentido y del discurso. Lo que pasa es que cuando el discurso y el sentido empiezan a no ser suficientes para controlar la diferencia, aparece la violencia física como una suerte de coadyuvante. Estamos en un momento donde a nivel discursivo eso está muy álgido y probablemente lo que se siga, no quiero ser pesimista, sean formas concretas físicas, que ya estamos viendo en muchos lugares del mundo.
—¿Y vos crees que se está llegando a un punto de ebullición con la violencia?
—Creo que lo que ocurre es que la violencia circula. Circula. Siempre ha circulado en la historia de la humanidad. Y hay momentos en que la hemos administrado de manera que parece que la tenemos más controlada y hay momentos donde esa administración se sale de las manos… y explota, en efecto. En la figura de los estallidos sociales o en la figura de los regímenes totalitarios. Pero no es que ahora haya menos o más violencia que antes sinoo que son formas de esta economía de la violencia donde se alcanzan picos más altos o más bajos de expresión. Hay que también salir de la visión ingenua de que podemos superarla o llegar a un estado perfecto donde la violencia sea mínima.
—Pero cuando hablamos de violencia, ¿de qué hablamos?
—Lo que yo no quisiera hacer, que lo digo en las primeras páginas, es dar una definición, la violencia es esto, porque inmediatamente la clasificas en un área, ¿no? De todos los problemas existenciales y dices: se aplica aquí, no acá y no acá y no acá. Por ejemplo, en la política, cuando en realidad el conocimiento también es cómplice de la violencia, el sentido, el discurso, incluso las relaciones éticas y sociales más pacíficas, hay complicidad con la violencia. Entonces, lo primero es no definirla. Y lo segundo sería mostrar que está presente en todos los ámbitos y que ella circula.
Fuente: Netfan Servicios