Domingo 1 de Noviembre de 2026

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CULTURA

01/11/2026

Michel Houellebecq: \

Michel Houellebecq: \

Fuente: Netfan Servicios

El escritor francés habla sobre el despertar religioso en Europa, la pregunta sobre la bondad humana que atraviesa su obra y la corrosión del tejido social en Francia. "Nos hemos acostumbrado a la violencia", afirma

Michel Houellebecq, el escritor francés más traducido y más debatido de las últimas tres décadas, se mostró en Bilbao esta semana - participó en el festival literario Ja!- tal cual se lo piensa: ácido, irreverente, filoso. En una jugosa entrevista publicada por el diario español ABC, el autor de Las partículas elementales y Sumisión habló sin rodeos sobre la violencia que corroe el tejido social de Francia, el inesperado renacimiento religioso en Europa, su derrota personal en la batalla contra la eutanasia y la única superioridad que dice reconocer: la bondad. También habló del Covid-19 como laboratorio involuntario de delación vecinal, del cigarrillo como acto de resistencia frente al control social, y de un nuevo libro que escribe en silencio absoluto. A lo largo de la conversación, confirmó que su cosmovisión —oscura, coherente, deliberadamente incómoda— no ha cedido un centímetro en treinta años. Rechazó la etiqueta de nihilista con una precisión conceptual y una pizca de humor seco: "Se ve como nihilista alguien que no comparte los valores de su tiempo, y yo no creo mucho en el progreso, tampoco en la salud. En general no comparto los valores que nos rodean". Y añadió: "Una vez dije un poco en broma que te enciendes un cigarro y ya te consideran un nihilista. Y esto cada vez es más cierto."

La entrevista, firmada por Bruno Pardo Porto, editor de la sección cultural del periódico, cobra una resonancia particular en el momento en que sale a la luz. Francia atraviesa en octubre de 2026 su mayor ola de disturbios en décadas: protestas masivas iniciadas el 17 de octubre contra el costo de vida y el deterioro de los servicios públicos que derivaron en saqueos, incendios y toques de queda en París, Lyon, Marsella y Burdeos, con más de 2.000 detenidos y centenares de agentes heridos. El país, además, cuenta los meses que faltan para las elecciones presidenciales del 18 de abril de 2027 —las primeras sin Emmanuel Macron como candidato—, en un clima de fractura social que convierte cada palabra de Houellebecq sobre la violencia y la justicia en algo más que literatura. En ese contexto, Houellebecq habló sin filtros sobre la violencia en las calles de Francia, el inesperado renacimiento religioso en Europa, su derrota en la batalla contra la eutanasia y la única superioridad que dice reconocer: la bondad. También habló del covid-19 como laboratorio involuntario de delación vecinal, del cigarrillo como acto político frente al control social, y de un nuevo libro que escribe en silencio absoluto porque, según cita de Marguerite Duras que hizo suya, la escritura requiere soledad para sobrevivir. A lo largo de la conversación, el escritor confirmó que su visión del mundo —oscura, coherente, deliberadamente incómoda— no ha cedido un centímetro frente al paso del tiempo. "Parece que no he cambiado mucho de opinión con los años", dijo al final, con una media sonrisa. Era una pregunta retórica. Y también la respuesta.

La conversación arrancó con uno de los temas que más han tensado el debate público en Francia en los últimos años: la violencia que estalla cada vez que una multitud ocupa las calles. Houellebecq no buscó eufemismos ni construyó una teoría elaborada. Describió un país que, lentamente, ha normalizado lo que antes hubiera sido intolerable.

"Quizás esto haya sorprendido en el extranjero, pero los franceses están empezando a estar acostumbrados a la violencia", afirmó el autor en declaraciones a ABC. "Desde hace ya varios años, cada vez que hay algún evento que reúne a bastantes personas en las calles —y da igual si es una manifestación, una fiesta nacional, una final de fútbol— se producen pillajes. Siempre. Cada vez. Por eso no me ha impresionado tanto lo que ha sucedido. Es triste decirlo, pero los franceses nos hemos acostumbrado a la violencia."

Ante la pregunta de si esa violencia respondía al descontento social generalizado, Houellebecq fue categórico y descartó la explicación más extendida: "No es por el descontento, es porque ya no tienen miedo a la policía. Ni a la justicia, sobre todo". Y profundizó: "Creo que ha habido un fracaso judicial: la gente tiene cada vez menos miedo a que les detengan. Así que no es difícil de entender que esto ocurra cada vez más."

La respuesta dejó una pregunta obvia en el aire: ¿cuándo comenzó ese deterioro? El escritor respondió con una honestidad que pocas veces se encuentra en las entrevistas literarias: "No lo sé, la verdad." Sin teoría, sin fecha, sin culpable señalado. Solo la constatación de un proceso que, según él, ya nadie en Francia se molesta demasiado en detener.

Uno de los pasajes más llamativos de la entrevista fue el dedicado a la religión. Houellebecq, cuya obra había sido leída durante años como un diagnóstico del agotamiento espiritual de Occidente, reconoció ante ABC que los datos lo han obligado a revisar su posición. El cambio no fue retórico: fue empírico.

"Es lo que dicen las estadísticas, y yo creo en ellas: los bautizos están subiendo", dijo. "Es algo raro, es un fenómeno que no sé cómo explicarlo realmente. Es algo que ha sido sorprendente, que ocurre en los últimos años, este fenómeno, este despertar espiritual." Y subrayó algo que, en su relato, resulta casi más revelador que el fenómeno mismo: "Es que nadie lo vio venir, ni una sola persona, nadie. Ni siquiera la Iglesia. Ellos son los primeros sorprendidos de lo que está sucediendo."

Al buscar una explicación para ese retorno, el escritor apuntó en una dirección poco convencional: la influencia indirecta del islam sobre el catolicismo europeo. "Esto tiene mucho que ver con los jóvenes, y yo estoy muy lejos de ser joven... Es posible que estén siguiendo el ejemplo de los musulmanes, que creen que no es tan ridículo tener fe y adaptarse a ella. El catolicismo, en cierto modo, se ha beneficiado de eso", sostuvo.

Houellebecq también abordó la dimensión colectiva de la fe, que considera inseparable de sus rituales: "No sé si hay una religión individual sin ritos colectivos. Yo no la conozco, al menos." Y sobre su propia relación con la creencia, fue escueto pero revelador: "Tengo un poco miedo, y además soy demasiado mayor para cambiar." Una frase que condensa, con pocas palabras, tanto su atracción hacia lo religioso como su resistencia a atravesar ese umbral.

La entrevista recuperó una declaración que Houellebecq había hecho en 1995, en la que afirmaba tener "la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal". Tres décadas después, sentado en Bilbao, el autor confirmó que esa convicción no ha cambiado.

"Sí, sigo teniendo esta misma intuición. Son cosas que uno se da cuenta bastante pronto", respondió. Y luego fue más lejos, al señalar que esa visión no es solo una postura filosófica adoptada con los años, sino algo constitutivo de su personalidad desde el principio: "Probablemente esto marca mi personalidad en general, todo lo que soy. Y por lo tanto también mi literatura."

Sin embargo, rechazó con firmeza que esa cosmovisión lo convierta en un nihilista, una etiqueta que lo ha perseguido desde sus primeras publicaciones. Su respuesta combinó precisión conceptual con ironía: "Se ve como nihilista alguien que no comparte los valores de su tiempo, y yo no creo mucho en el progreso, tampoco en la salud. En general no comparto los valores que nos rodean". Y añadió, con un humor seco que atraviesa buena parte de su conversación: "Una vez dije un poco en broma que te enciendes un cigarro y ya te consideran un nihilista. Y esto cada vez es más cierto."

La referencia al cigarrillo no fue casual. Para Houellebecq, fumar es también una declaración de principios frente a lo que llama la "voluntad de control social" que domina la vida contemporánea. "Creo que hay una voluntad de control social muy potente en este momento", dijo. "Y se ve aún más ahora, con los cigarrillos electrónicos. No son nocivos para el resto, para quienes están a tu lado, por lo que cabe preguntarse por qué se están prohibiendo ahora tanto como los cigarrillos normales. Yo creo que es para aumentar el control social."

La crítica al control social lo llevó a uno de los pasajes más contundentes de la entrevista: su lectura de la pandemia de covid-19. Houellebecq no habló de la gestión sanitaria ni de las vacunas, sino de algo que consideró más revelador: el comportamiento humano ante la restricción de libertades.

"Ya lo vimos durante el covid: mucha gente estaba realmente encantada, porque podía espiar y saber qué hacían sus vecinos o sus familiares, y los señalaba", dijo en declaraciones al diario. "Fue increíble." La frase quedó sola, sin adorno, como una observación clínica sobre algo que todavía incomoda nombrar con tanta claridad.

Este rechazo al moralismo sanitario y a la vigilancia mutua forma parte de un sistema de valores que Houellebecq ha mantenido consistente a lo largo de décadas: una desconfianza profunda hacia cualquier forma de consenso impuesto, ya sea político, cultural o médico. "En general no comparto los valores que nos rodean", había dicho antes. La pandemia fue, en su lectura, otra demostración de esa brecha.

Sobre la eutanasia, el escritor habló de una batalla personal que perdió. No con resignación, sino con un recuerdo vivo de lo que estuvo en juego y de lo cerca que estuvo el resultado de ser otro.

"La eutanasia ha sido lo máximo de mi compromiso militante. Tengo un recuerdo bastante amargo de lo que sucedió en Francia", declaró. El proceso legislativo fue largo y zigzagueante: el proyecto de ley pasó tres votaciones en la Asamblea Nacional y fue rechazado finalmente por el Senado. Pero lo que más le llamó la atención no fue el resultado final, sino la tendencia que revelaron las sucesivas votaciones.

"Cada nueva votación reducía el porcentaje favorable", explicó Houellebecq. "Si se hubiera seguido durante dos años más, la Asamblea hubiera rechazado este proyecto de ley... En eso fracasé. La gente que estaba en contra de la eutanasia fracasó, pero por muy poco." La formulación es deliberadamente paradójica: él estaba en contra de la eutanasia, y sin embargo habla de su fracaso, no de su victoria. Porque lo que quería era que ese rechazo llegara por otras razones, desde otro lugar, con más convicción y menos accidente legislativo.

En otro tramo de la conversación, el autor de 70 años desarrolló una de las ideas que más atraviesan su obra: que el mal es comprensible, casi transparente, pero el bien resulta genuinamente misterioso. La afirmación invierte el lugar común filosófico y lo hace con una sencillez que, viniendo de él, tiene el peso de una convicción larga.

"Es más fácil entender el mal que el bien", sostuvo. "Incluso el altruismo es misterioso. Yo creo que nadie ha conseguido explicarlo. Nadie." Ante la respuesta católica planteada en la conversación —que fuimos creados para el bien—, Houellebecq respondió con una ironía afectuosa: "Sí, eso dicen los católicos en multiplicación. Pero también dicen que la fe es un misterio, así que un misterio nos remite a otro misterio. En eso consiste su explicación."

Esa incapacidad para explicar el bien no lo llevó, sin embargo, a desdeñarlo. Al contrario: atribuye al compositor alemán Ludwig van Beethoven la frase que más claramente define su escala de valores. La encontró en una postal y la adoptó de inmediato como propia: "La única superioridad que reconozco es la bondad". El escritor recordó el momento con una precisión que sugiere que fue una experiencia de reconocimiento, no de descubrimiento: "Cuando la leí pensé que eso era lo que yo pensaba. Nunca había tenido algo tan claro."

Al cierre de la entrevista publicada por ABC, el escritor confirmó que trabaja en un nuevo libro. Pero la confirmación fue lo único que concedió. Ningún título, ningún tema, ninguna fecha. Para justificar ese silencio, citó a la escritora francesa Marguerite Duras con una formulación que también funciona como declaración de método: "La escritura tiene que ver con la soledad. Si le dices algo a alguien, no podrían detener su reacción, y eso es demasiado intrusivo. Se escribe en la soledad."

[Fotos y capturas de video: JA Festival]

Fuente: Netfan Servicios