Domingo
1 de Noviembre de 2026
CULTURA
01/11/2026
Fuente: Netfan Servicios
Camina cada mañana hasta la Universidad Di Tella y mira series y lee diarios hasta la madrugada. A los 86 años y con el mayor reconocimiento de su carrera, el influyente sociólogo habla del auge de fascismo, Estado y democracia cuestionada
A sus 86 años, Juan Carlos Torre cuenta que camina todas las mañanas desde su casa en el barrio porteño de Núñez hasta la Universidad Torcuato Di Tella, donde se desempeña como profesor emérito. "Mi vida cotidiana consiste en estar aquí leyendo, escribiendo y conversando, que son mis entusiasmos preferidos", cuenta al comienzo de su diálogo con Infobae Cultura. También relata que dedica sus noches a mirar series junto a su esposa (la francesa Lupin, la ultima que vio y le gustó) y a leer publicaciones internacionales hasta altas horas. "Comienzo a verlas a las doce de la noche, de modo tal que cierro la ventana a la una y media. Por la mañana estoy todavía en un clima medio zombie", relata con gracia sobre su rutina.
Esa descripción cotidiana no contrasta para nada con la relevancia de su trayectoria intelectual. Torre se formó en Sociología en la Universidad de Buenos Aires y se doctoró en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Su obra se concentró en la historia social y política argentina, con especial atención al movimiento obrero, el sindicalismo y los orígenes del peronismo. Entre 1993 y 2018 dirigió la revista Desarrollo Económico y recibió, entre otras distinciones, una beca Guggenheim y el Premio Bernardo Houssay a la Trayectoria Científica. Este martes será distinguido con el Konex de Brillante 2026 en Humanidades, el máximo reconocimiento que otorga la Fundación Konex en esa área por la labor desarrollada durante la última década. La ceremonia se realizará en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. "Significa mucho, más todavía cuando me entero de qué se trata, porque este premio se otorga cada diez años", dice sobre la distinción.
Su libro Diario de una temporada en el quinto piso (Edhasa, 2021), en el que reconstruye su paso por el Ministerio de Economía durante el gobierno de Raúl Alfonsín, se convirtió en un fenómeno editorial y de debate público. La obra —considerada de lectura obligatoria para la clase dirigente argentina— cobró una notoriedad inesperada cuando Cristina Kirchner se lo regaló al entonces presidente Alberto Fernández, y trascendió el ámbito académico para llegar a empresarios, sindicalistas y lectores ajenos al mundo universitario. Su perdurable vigencia reside en que, como el propio Torre reconoce, "la Argentina siempre está dando vueltas en torno a las mismas dificultades".
En la conversación, Torre también desplegó sus definiciones políticas. Sostiene que el mundo actual no está peor que el de décadas anteriores: "El mundo no está peor. Simplemente, mayor cantidad de años de vida, la longevidad ya es un logro impresionante". Agrega que una mayor sensibilidad al cuidado del medioambiente es otro de los avances de la época, aunque reconoció que hoy "vemos más bruma que otra cosa" por la pérdida de los viejos ordenamientos ideológicos.
Sobre el uso de la palabra fascismo para describir a los gobiernos de derecha actuales, es tajante: "Estamos frente a fenómenos nuevos. Cuando uno usa una etiqueta de ese tipo es simplemente la pereza mental". En la misma línea, cuestiona la vigencia de la dicotomía izquierda-derecha como clave excluyente de lectura política y advirtió que la polarización religiosa o moral resulta hoy más inquietante, porque "tiene metida adentro la idea de condenar al infierno". Respecto del sistema democrático y esta etapa en la que parece estar desvalorizado o al menos, cuestionado, Torre plantea que su legitimidad depende del desempeño. "La democracia se vuelve un problema cuando la alternativa es mejor", explica, y señala a China y a las democracias iliberales como los modelos que hoy disputan esa legitimidad.
—¿Por qué las ciencias sociales parecen tener hoy mala prensa, como carreras sin un propósito económico claro?
—Hay mucho de eso. Pero yo estoy a favor de tener una visión un poco más amplia de las ciencias sociales. ¿Qué proveen las ciencias sociales? Conocimiento, sobre todo habilidad para pensar. Y cuando voy a la Universidad Di Tella y me cuentan la desempleabilidad profesional de tantos graduados en ciencias políticas, yo no puedo creer: se vienen trabajando en la televisión, en los diarios, en empresas. Lo que se dice de las ciencias sociales, que no tiene un futuro económico, es verdad: en principio, uno no va a ganar plata, pero sí lo entrena. ¿Lo entrena en qué? En mantener la cabeza abierta. Y hoy día estamos viviendo una transición tecnológica fundamental. La única otra duda, desde la invención de la imprenta, es esta: la tecnología digital. Cuando me colocan la tecnología digital en la perspectiva de Gutenberg, digo, efectivamente, es una revolución. Para poder desenvolverse en un mundo ahora en cambio tan fenomenal, las ciencias sociales nos pueden proveer algún conocimiento, pero sobre todo una forma de encarar las cosas, una forma de pensar.
—¿Cree que la democracia genera hoy mayor descreimiento en las poblaciones de Occidente?
—Yo creo que la democracia, si tiene algún problema, se tiene que ver con la democracia misma, que es la expectativa que crea. Es un régimen que promete y, por lo tanto, está expuesto a la hora de la verdad. Es muy importante para mantener la legitimidad de un orden su desempeño. Hoy día, si la democracia está entre paréntesis para alguna gente, es porque no puede ofrecer. ¿Por qué no puede ofrecer? Podemos dar dos razones: una, ofrecer en un mundo que cambia todo el tiempo, ahí tenemos alguna dificultad. La otra, ofrecer bienestar. Muchas democracias no pueden ofrecer demasiado bienestar porque caminan en medio de construcciones económicas muy grandes, no tienen libertad para decidir. Y como entran en medio de restricciones, a la hora de la verdad siempre van a estar pagando. Por eso el problema de la democracia se vuelve grave no en sí mismo, sino cuando la alternativa es mejor. Hoy día yo no creo que exista eso como en 1920, cuando el fascismo era atractivo, el comunismo era atractivo. Las alternativas están jugando, y una importante que yo tengo en la cabeza es China. Amigos cientistas políticos que han estado allí me cuentan que dicen: "¿Qué hacen ustedes con eso de la democracia? Aquí eso no funciona". Y eso significa que millones de personas en la Tierra viven en la idea de que ese no es un régimen alternativo. Los chinos no están solo en China, están circulando por todos lados, y muchos no solo traen dinero, sino que aparecen como una especie de evangelio. Ahí el problema que me preocupa es el evangelio alternativo. Hoy día, en lo que llamamos la derecha o la ultraderecha en el mundo, está la idea de una democracia iliberal: una democracia donde se vota, pero donde las reglas de juego las define un partido único. Eso sí ya me preocupa.
—¿El Estado, como regidor de nuestra vida cotidiana, también está en discusión frente al avance de las grandes corporaciones tecnológicas?
—Si vamos a hablar de que hay grandes empresas tecnológicas pisando cada vez más fuerte, ahí sí podemos decir que efectivamente el Estado está entre paréntesis. Pero allí donde hay una dificultad, hay un desafío. Por eso digo que no debemos quedarnos de brazos cruzados ante este fenómeno, ni pasar por encima de esta creación que es el Estado para abrirle la puerta a estas novedades de poder hegemónico. Creo que quienes no estamos en el mundo de las grandes empresas tenemos que hacer un esfuerzo. Hoy día ese esfuerzo está teniendo alguna sintonía: desde esas grandes empresas están saliendo figuras importantes, porque no todos tienen la cabeza equivocada. Están diciendo: "Señores, escúchenme, hemos creado un animal que puede ser muy grave", y piden que se establezca un tipo de regulación. Cuando se dice que hay que hacer algo, se está invocando el papel regulador de una entidad supraempresaria, que es el Estado. De un lado tenemos este avance sin freno de los nuevos poderes, pero al mismo tiempo hay evidencias de que algunos lo piensan mejor. No voy a hablar solo del Papa, que ha plantado bandera. Me importa saber que hay otros que plantan banderas y dicen, para usar una frase muy argentina: "Con nosotros no".
—¿Vale la pena relacionar el auge de la derecha o la ultraderecha en el mundo con la idea de fascismo? ¿Ha vuelto el fascismo?
—No. Yo creo que, para repetir a Santiago Gerchunoff, la etiqueta tiene un defecto: uno deja de pensar. La etiqueta ya de por sí define todo, y ese es el problema. Lo que estamos viviendo hoy son fenómenos nuevos. Cuando uno usa una etiqueta de ese tipo, fascismo, es simplemente la pereza mental. Hay que abstenerse de querer cerrar el debate o la interrogación sobre qué nos está pasando cuando empezamos a tirar sobre la mesa etiquetas de esa naturaleza. Hoy día estamos frente al problema, pero me parece que no es por ahí que hay que comenzar a elaborar las cosas.
—¿En qué cambió su vida después de la repercusión pública de Diario de una temporada en el quinto piso?
—El libro que escribí yo no sabía lo que estaba haciendo. Quería sacarme de encima lo que me estaba guardando y quería entregarlo a mi familia, que supieran dónde yo estuve. Quiero señalar que mientras yo estaba en el gobierno nacieron mis dos hijos, y mi mujer siempre me ha reprochado que yo no estaba acompañándola, porque venía a las diez de la noche. Entonces yo me quería justificar a mi manera, porque no he sido un padre tan presente. En todo caso, me lo saqué de encima. Fue la incursión en un género que no es muy habitual. Acabo de recibir el mail de un colega amigo peruano que está leyendo el libro y me dice que en América Latina este libro es casi único. Ya de por sí tiene su gracia cuando hablan de que es un género poco cultivado, porque lo he cultivado con la responsabilidad de quien no se dedica a la política: quien se dedica a la política mira bien lo que va a decir. Más de una vez me han dicho que uno escribe sus memorias para justificarse, o no las escribe porque quiere tener una segunda vuelta. Yo personalmente entré y salí. La repercusión de ese libro fue muy grande, contra mis expectativas, y me colocó en la mira de gente que yo no conocía. Yo me movía en un ambiente académico y de repente me llamaban por teléfono empresarios, y lo primero que les decía era: "Es la primera vez que hablo con un empresario". También me encontré hablando con sindicalistas, pero eso ya era algo que yo conocía, porque al principio de mi trayectoria académica me dediqué a estudiar el sindicalismo. En todo caso, mi vida cambió porque me abrió ventanas que yo no tenía a mano. Una de esas ventanas es la compassion por los que están en el quinto piso, cualquiera sea la camiseta que usen: siempre van a encontrar en mí a alguien atento, porque sé que estar ahí no es nada fácil. No es que firme abajo de todas las cosas que dicen o hacen, pero sí sé que es una sala de máquinas muy tortuosa y muy difícil. Desde entonces estoy tratando de replegarme un poco y volver sobre el itinerario de mis reflexiones anteriores.
[Fotos: Gastón Taylor]
Fuente: Netfan Servicios