Lunes
2 de Noviembre de 2026
CULTURA
02/11/2026
Fuente: Netfan Servicios
"Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad", dice Jorge Fernández Díaz sobre sus novelas de espionaje. En la nueva entrega de Remil, ambientada en el mileísmo, esa advertencia suena más a confesión que a descargo
De vez en cuando aparece un Remil en mi vida y después me persigue como un fantasma apremiante. Ocurre cuando estoy almorzando o tomando café con detectives o espías, y de la nada alguno de ellos comienza a contar una anécdota irresistible que no se me irá de la memoria nunca más. No solemos hablar del presente, sólo de asuntos asombrosos que han prescripto hace muchos años, y mis interlocutores saben —lo he demostrado sobradamente— que a esas tertulias no acudo como periodista sino como escritor de ficciones: jamás utilizaré ese "material" ni para convertirlo en noticia ni para narrarlo de manera literal o directa. Casi siempre me serviré de una mirada, un gesto, un sentido, una jerga y, sobre todo, una técnica de trastienda o un modus operandi oculto: ésa será la arcilla con que modelaré alguna vez una historia inventada pero probable, equivalente quizá a otras que han sucedido, pero rigurosamente ficcional y, para mi asombro, muchas veces clarividente. No es que adivine el futuro, pero conociendo el paño después de tantos años de testigo y de trinchera periodística, es posible imaginar lo que sucede, y sobre todo el modo en que ocurre todo en el lado B de la política argentina. Gobierne quien gobierne.
Este fenómeno apareció en los comienzos mismos de las novelas de Remil; lectores especializados me han preguntado en distintos lugares y de diferentes formas: ¿cómo supiste esto o aquello, quién te lo contó? "Nadie, lo imaginé —respondo sin sorna—. Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad". Dos detectives privados me llenaron de ideas para Cora, luego de que la trilogía de Remil se completara en 2020, y seguí adelante con ese micromundo de la intriga amorosa, y con esa investigadora privada de barrio y de asuntos emocionales. En seguida escribí "El secreto de Marcial", que trataba sobre mi padre asturiano, y creí sinceramente que las historias de espionaje político ya habían cumplido su ciclo dentro de mi obra. Pero acepté el año pasado algo que usualmente aborrezco: dar una charla política. Lo hice por una vieja amiga, y había en esa sala más de cien abogados de los mejores estudios de Buenos Aires. Después de mi largo monólogo sobre las elecciones de medio término, se abrió la posibilidad de que el público formulara algunas preguntas. Casi todas ellas, para mi sorpresa, no aludían a Milei sino a Remil. Al terminar la conferencia, algunos abogados se acercaron incluso para comentarme algún episodio de "El puñal", "La herida" o "La traición"; para preguntarme por el coronel Leandro Cálgaris y para ofrecerme historias verdaderas que yo pudiera transfigurar en próximas misiones o aventuras. Uno de ellos hizo además la pregunta crucial, la que comenzó a rondarme desde entonces: ¿qué hacen Cálgaris y Remil durante este gobierno libertario? Las otras novelas habían descripto las bambalinas, los sótanos y los arrabales de las anteriores administraciones nacionales, ¿pero qué estará pasando ahora, durante este gobierno tan exótico, con esos dos viejos espías? ¿De verdad el mileísmo desmontaría las mafias de la casta? Y en todo caso, ¿qué papel les tocaría a quienes se habían dedicado hasta entonces a proteger o hundir políticos por orden del poder de turno?
Yo había escrito al menos dos relatos breves que mostraban cómo mis personajes estaban en el limbo burocrático —custodiando a un escritor español amenazado de muerte y rastreando a un ladrón de libros—, y resolví que eso sería precisamente el preludio de una novela episódica. Y a continuación se me ocurrió que Remil y Cálgaris podían actuar como baquianos de una agencia privada de seguridad e inteligencia con asiento en Buenos Aires, pero vinculada a la CIA, que realizaba aquellas operaciones oscuras que la embajada no podía desplegar de manera oficial. Los norteamericanos habían puesto mucho dinero en el país y querían cuidar, a través de esa "CIA paralela", a este presidente aliado, sobre todo de sí mismo, porque llegaba sin experiencia y con una fuerza política esperpéntica y aluvional, llena de topos de la oposición, resaca de la casta, vivillos de toda laya y corruptos soterrados. El resultado de esta inmersión, escrita con prosa condensada y en capítulos cortos, representa todo un descenso a los infiernos de la política vernácula, un buceo por esa galería subterránea de personajes turbios, llenos de secretos y traiciones.
Nunca escribí una novela tan al ras de la actualidad. Aunque a la actualidad siempre la usé para retorcerla y crearle, parafraseando a Balzac, nuevas criaturas. Acaso sentí como nunca antes que esa tarea era una contracara literaria de mi trabajo como periodista político —anverso y reverso de una misma moneda—; las cosas que no podían escribirse en las páginas de los diarios y en los sitios de noticias, la intimidad prohibida de los corruptos que el periodismo no puede develar. Sólo la literatura de imaginación puede franquear esa frontera, meterse en el otro lado del espejo y narrar con ficción lo que sabemos o presumimos y no podemos publicar de ningún modo.
Esta novela cuenta también las andanzas de una misteriosa operativa de la CIA, que viene de Medio Oriente y que se dedica a lavar dinero y "recaudar" para sus jefes; un extraño crucero por el Mediterráneo lleno de enemigos y significativas vueltas de tuerca, y un crimen cometido por un proveedor del Gobierno que peleó Malvinas. La novela se llama "El hombre que quería matar a Pérez-Reverte y otras misiones de Remil", porque el padre de Alatriste está en el comienzo y en el final del libro. Remil, en las primeras páginas, tiene que custodiarlo a distancia durante su visita a Buenos Aires para la Feria del Libro y averiguar quién es el psicópata anónimo que lo amenaza y promete apuñalarlo. Y al final, porque el propio Arturo —mi hermano y mentor— ha escrito un relato de Remil a modo de epílogo: allí el coronel Cálgaris y su agente de confianza son más jóvenes, y traban relación en la década del ochenta con un personaje famoso pero enigmático que desayuna en La Biela. No puedo revelar la sorpresa que esconde ese texto. Sólo contar aquí que para nosotros dos la literatura es un juego. El juego más divertido y más serio del mundo. Y que esta novela episódica es particularmente un juguete, pero mortífero. Ya verán por qué
Fuente: Netfan Servicios